El ecosistema de investigación y desarrollo opera bajo una premisa implacable: el tiempo no perdona. Durante décadas, la comunidad científica ha concentrado sus esfuerzos y recursos en una dirección que hoy se revela como un absoluto callejón sin salida. Hablamos de años de capital humano y fondeo atrapados en una hipótesis estéril. Esto no es menor.
A mi juicio, el verdadero riesgo no reside en el error técnico original, sino en la inercia institucional. Los fondos de capital y los presupuestos de I+D corporativos suelen apostar sobre seguro siguiendo el consenso académico, pero la ciencia dura no respeta las hojas de ruta de los inversores. Aquí está el problema. Abandonar una vía de estudio tras décadas de financiamiento exige reconocer una pérdida masiva. Los comités de inversión odian hacer esto.
El costo de oportunidad de este sesgo colectivo es altísimo. Mientras los laboratorios principales insistían en una vía muerta, múltiples enfoques alternativos quedaron marginados. El mercado ya lo sabe. Hoy vemos una purga en las estrategias de financiamiento tecnológico, buscando desarmar posiciones ancladas en dogmas que simplemente no entregaron resultados comerciales ni avances reales.



