El mercado de la ciberseguridad vive días de esquizofrenia. Mientras gigantes como Zscaler sufren para convencer a Wall Street de que su crecimiento no se está desinflando, Okta ha logrado esquivar la bala. Los resultados presentados esta semana, con ingresos de 765 millones de dólares, superan las expectativas y envían un mensaje claro: la identidad digital sigue siendo el activo más crítico en la era de la inteligencia artificial.
La paradoja de los agentes autónomos como clientes
Lo que pocos están viendo es que la tesis de inversión de Okta ha mutado. Ya no se trata solo de gestionar quién entra a qué sistema; ahora se trata de gestionar la autonomía de las máquinas. Todd McKinnon, CEO de la compañía, ha sido astuto al posicionar a los agentes de IA no como una amenaza, sino como una nueva categoría de empleados que requieren su propia identidad, permisos y gobernanza.
Si un agente de IA puede ejecutar transacciones, leer bases de datos y comunicarse con otros servicios, necesita una puerta de acceso tan blindada como la de cualquier CTO. Okta ha capitalizado esto con éxito: el 35% de sus reservas trimestrales provienen ya de productos nuevos, alejándose de la dependencia de sus herramientas de autenticación tradicionales que, aunque robustas, ya no garantizan el crecimiento explosivo que exigen los accionistas. Esto es un giro estratégico de gran calado.
Las cifras respaldan este optimismo. El cRPO (obligaciones de desempeño remanentes) creció un 12%, alcanzando los 2.499 millones de dólares. Ese backlog es la garantía de ingresos futuros y, en un sector donde la retención es tan difícil como la adquisición, una cifra de doble dígito es un síntoma de salud operativa. La empresa incluso se permitió elevar su guía de ingresos para el año fiscal 2027, algo que pocas tecnológicas se atreven a hacer en este entorno de cautela en el gasto empresarial.
El riesgo real está en la ejecución, no en el mercado
Sin embargo, no todo es victoria. La decisión de trasladar gran parte de sus servicios profesionales hacia el ecosistema de socios (partners) sacrificará cerca de un punto porcentual en su crecimiento anual de ingresos. Es una apuesta arriesgada: prefieren un modelo más escalable y ligero, aunque eso suponga ceder terreno en el corto plazo.
Mi lectura es distinta a la de aquellos que ven esto como una pérdida de control. Okta está intentando limpiar su balance para que los márgenes operativos sean más atractivos, especialmente cuando la competencia —desde los servicios nativos de identidad en la nube de Microsoft hasta plataformas de seguridad más amplias— presiona por todos los frentes. La recompra de acciones por 248 millones de dólares durante el trimestre envía una señal de confianza, pero también subraya que la compañía está usando su efectivo para sostener el precio de la acción mientras el crecimiento orgánico se normaliza tras años de hiperinflación tecnológica.
El sector está en una encrucijada. Si observamos el desempeño reciente de firmas como Palo Alto Networks o CrowdStrike, queda claro que el mercado ya no perdona ni un solo trimestre de titubeo en las proyecciones. La diferencia es que Okta ha logrado convertir el ruido de la IA en un producto tangible y vendible. Ya no venden solo "acceso", venden una infraestructura para que la fuerza laboral no humana no sea un agujero de seguridad, sino una ventaja operativa.
El futuro de la ciberseguridad no se jugará en el perímetro de la red, sino en el control de la identidad de los agentes que operan dentro de ella. Okta parece haber entendido esto antes que el resto. La gran pregunta para los próximos trimestres no será si pueden ganar el mercado de agentes, sino si su plataforma será capaz de mantener su relevancia frente a un entorno donde las grandes nubes públicas intentan absorber, mediante integración vertical, todo lo que hoy hacen los especialistas en identidad.