La computación cuántica ha dejado de ser una promesa de laboratorio para convertirse en el nuevo frente de la carrera armamentista tecnológica. En los últimos días, empresas como Rigetti Computing han experimentado un rally bursátil inusualmente agresivo, acumulando un alza cercana al 60% desde el 20 de mayo. Este frenesí no es fruto de un avance técnico repentino, sino de una inyección de optimismo alimentada por capital estatal y el respaldo de gigantes del sector.
El detonante fue el anuncio de IBM, que comprometió una inversión de USD 10.000 millones a cinco años. Su objetivo es ambicioso: alcanzar la computación tolerante a fallos —diseñada para mantener los errores en niveles mínimos y asegurar cálculos confiables— hacia 2029. Para los inversores, este despliegue de músculo financiero por parte de un jugador consolidado valida la viabilidad comercial a largo plazo de una tecnología que, hasta hace poco, se consideraba especulativa.
Capital estatal: el oxígeno que mantiene vivo al sector
La apuesta de IBM no viaja sola. La reciente decisión del gobierno estadounidense de tomar participaciones accionarias —porciones de propiedad en el capital de una empresa— en nueve firmas del sector cuántico marca un cambio en las reglas del juego. Entre estas, la mitad de los fondos se destinarán a una nueva empresa llamada Anderon. Rigetti (fabricante de procesadores cuánticos superconductores) se ha subido a esta ola tras firmar una carta de intención con el Departamento de Comercio de EE. UU. por hasta USD 100 millones. A cambio, el gobierno obtendrá una participación en la compañía.
Este modelo de financiamiento es un arma de doble filo para los accionistas minoritarios. Si bien inyecta capital necesario para resolver los cuellos de botella técnicos, también conlleva un riesgo claro de dilución: la emisión de nuevas acciones que reduce el porcentaje de propiedad de los inversores actuales. Para una empresa como Rigetti, que reportó ingresos trimestrales de apenas USD 4,4 millones frente a una pérdida operativa de USD 26 millones, este respaldo gubernamental es oxígeno puro, pero tiene un costo real en la estructura de capital.
Más ruido que señal
Si miramos la realidad subyacente, el optimismo de Wall Street parece ir varios pasos por delante de la capacidad técnica actual. Los computadores cuánticos prometen revolucionar campos como el descubrimiento de fármacos, la ciencia de materiales y la criptografía mediante el uso de qubits (unidades básicas de información que explotan efectos cuánticos). Sin embargo, estamos lejos de ver máquinas que sean comercialmente masivas. Incluso Sundar Pichai, CEO de Alphabet, ha enfriado las expectativas al señalar que los sistemas con utilidad práctica real podrían estar todavía a una década de distancia.
El mercado, sin embargo, prefiere ignorar la cautela técnica. La atención se ha desviado hacia las valoraciones especulativas. El próximo termómetro será la salida a bolsa (oferta pública inicial o IPO) de Quantinuum, una compañía respaldada por Honeywell que aspira a una valoración de hasta USD 12.700 millones. Cuando empresas que aún no generan beneficios operativos atraen valoraciones de miles de millones de dólares, la señal del mercado es clara: el capital está buscando desesperadamente el próximo "gran salto" tecnológico, sin importar si el producto llegará en tres años o en quince.
Mi lectura es distinta a la euforia actual: estamos ante un ciclo de noticias impulsado por políticas públicas, no por ingresos recurrentes. Rigetti ha logrado escalar su sistema de 108 qubits, un hito importante, pero el test de estrés real será ver si los compradores se mantienen en el Nasdaq una vez que se disipe el entusiasmo inicial por el anuncio de IBM. El riesgo de que este rally se desinfle es altísimo si la empresa no logra traducir sus logros técnicos en una demanda comercial real y constante. Los inversores deberían vigilar la sostenibilidad de este crecimiento, más allá de los titulares sobre subsidios gubernamentales.