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Adiós al impuesto de las plataformas: la economía de creadores reclama el 100% de ingresos

Emilio Pfeffer Berger·
Adiós al impuesto de las plataformas: la economía de creadores reclama el 100% de ingresos
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El presupuesto de marketing de MrBeast superó los USD 100 millones en 2023. Esta cifra no proviene de una multinacional de Hollywood ni de un gigante del entretenimiento tradicional, sino de una operación que, hace solo una década, se consideraba un pasatiempo de dormitorio. La llamada economía del creador ha dejado de ser un ecosistema de influencers para consolidarse como una infraestructura de medios integrada verticalmente.

Estamos asistiendo al fin del feudalismo digital. Durante años, los creadores actuaron como siervos que alquilaban su audiencia a plataformas como YouTube, TikTok o Instagram. El algoritmo, esa lógica matemática que determina qué contenido ve cada usuario, decidía el alcance y la supervivencia financiera de cada canal. Ese contrato social se ha roto. Hoy, el creador que escala no es el que domina las técnicas de búsqueda, sino el que logra convertir su audiencia en una base de datos propia y diversificada.

Los estudios cinematográficos enfrentan hoy un problema crítico de costo de adquisición de clientes (CAC): el dinero necesario para convencer a alguien de ver un producto. Mientras un estudio gasta cientos de millones en campañas para lanzar un estreno, un creador de gran escala obtiene 100 millones de visitas orgánicas en 24 horas. La diferencia no radica solo en el contenido, sino en la distribución propietaria. Cuando un creador lanza su propia marca de chocolate, ropa o bebidas, no está haciendo publicidad. Está convirtiendo su influencia en una transacción directa que ignora a los intermediarios del sector publicitario.

El mercado publicitario tradicional está en alerta. Las agencias ya no compran espacios en televisión porque la atención se ha fragmentado. Ahora compran acceso a comunidades que confían ciegamente en un individuo. En América Latina, este fenómeno es visible en figuras como Ibai Llanos, quien organiza eventos donde el patrocinador es apenas un socio minoritario, no el dueño del activo. Esto no es menor. Es el cambio de una estructura de alquiler a una de propiedad.

La independencia es el nuevo activo estratégico

Muchos inversores cometen el error de tratar al creador como una agencia de marketing. Es una lectura equivocada. Un creador con una comunidad leal es, en esencia, una empresa de bienes de consumo empaquetados (CPG) con un motor de adquisición gratuito. La dependencia de los algoritmos se mitiga construyendo listas de correo, suscripciones directas y canales de venta físicos.

Analicemos el flujo de caja. Un canal de YouTube convencional depende casi exclusivamente de los ingresos publicitarios de la plataforma. Ese modelo es volátil y queda a merced de los cambios en las políticas de moderación. El creador moderno, en cambio, utiliza el video solo como el embudo superior. La rentabilidad real ocurre cuando el seguidor compra el producto fuera de la interfaz. Al controlar su propia cadena de suministro, el creador ya no necesita el permiso de Google o Meta para existir.

Aquí discrepo con quienes sostienen que las plataformas son eternas. La historia de los medios enseña que el poder reside en la propiedad de la distribución. Si YouTube alterara su estructura de pagos mañana, los creadores con marcas diversificadas simplemente moverían su tráfico a otras interfaces. La audiencia los seguirá, porque la lealtad dejó de residir en la plataforma para instalarse en la marca del individuo.

El colapso de la intermediación

Operar como una marca independiente permite una agilidad que los estudios tradicionales nunca alcanzarán. Mientras un estudio tarda años en producir una serie, un creador lanza productos, podcasts y eventos en tiempo real. Esta velocidad permite ajustar la oferta basándose en el feedback directo de la audiencia. El viejo modelo de lanzamiento bajo demanda resulta lento y costoso frente a esta dinámica de prueba y error constante.

La fragmentación publicitaria no es un fenómeno pasajero; es una reconfiguración estructural. Las marcas tradicionales ya no quieren aparecer junto a contenidos irrelevantes; buscan insertarse en la narrativa de alguien en quien su cliente confía. Esto reduce la fricción en la compra y aumenta el valor del tiempo de vida del cliente (LTV), que es el beneficio neto total que se espera obtener de un usuario a lo largo de toda su relación con la marca. En esta nueva economía, quien controla la confianza del consumidor controla el precio de mercado.

Mi lectura es clara: el éxito de los creadores en los próximos 24 meses se medirá por su capacidad de abandonar el tráfico algorítmico. Si un creador no logra que al menos el 30% de sus ingresos provengan de activos propios, sigue siendo un empleado del algoritmo. No hay vuelta atrás.

Anticipo una bancarrota sonada antes de 2027: una productora tradicional colapsará al intentar competir con una marca nacida en internet que opera con apenas el 5% de su presupuesto. El feudalismo digital caerá no por una rebelión, sino porque el mercado dejará de financiar castillos que ya no tienen nada de valor dentro.

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