La narrativa dominante en las salas de juntas es seductora pero peligrosa: la idea de que la inteligencia artificial —esos modelos matemáticos capaces de predecir la siguiente palabra en una secuencia— actuará como una varita mágica capaz de transformar la burocracia en eficiencia. Sin embargo, la realidad operativa es mucho más cruda. El 70% de los proyectos de transformación digital fracasan estrepitosamente no por falta de presupuesto, sino por una falla fundamental de diagnóstico. Estamos tratando de instalar motores de Fórmula 1 en carrozas de madera que arrastran décadas de procesos oxidados.
Cuando se despliegan herramientas de última generación sobre una estructura de datos fragmentada, el resultado es previsible: se escala la ineficiencia a la velocidad de la luz. Si un banco tradicional tarda tres semanas en aprobar un crédito debido a sus procesos internos, la IA no lo hará instantáneo. En su lugar, generará tres semanas de trabajo basura en cuestión de segundos. La deuda técnica, ese código obsoleto o mal diseñado que frena cualquier innovación futura, no desaparece con un chatbot; se magnifica.
Lo que pocos ejecutivos admiten es que sus organizaciones padecen lo que podríamos llamar obesidad operativa. Muchas compañías mantienen sistemas heredados —software antiguo pero crítico que resulta extremadamente difícil de actualizar— que consumen hasta el 80% del presupuesto de tecnología solo en tareas de mantenimiento. Intentar desplegar agentes autónomos sobre esta arquitectura es como intentar construir un rascacielos sobre un pantano. Por más sofisticada que sea la cúpula, los cimientos eventualmente cederán.
La trampa de la automatización prematura
El mercado hoy parece obsesionado con la implementación, cuando debería estar obsesionado con la eliminación. Antes de contratar licencias de copilotos o invertir en entrenar modelos propios, las organizaciones necesitan un periodo de austeridad digital. Esto implica cortar de raíz cualquier sistema que no aporte un valor directo al EBITDA ajustado, esa medida de utilidad operativa que excluye intereses, impuestos y depreciaciones. Si una pieza de software no resuelve un problema medible y urgente, debe apagarse.
En América Latina hemos visto lecciones costosas en el sector retail. Empresas que intentaron integrar IA para optimizar su logística sin haber unificado previamente sus bases de datos de inventario terminaron registrando pérdidas millonarias por exceso de stock y productos inexistentes. El problema no fue el algoritmo; fue la información de baja calidad con la que se alimentó al modelo. La IA es, en esencia, un amplificador de intenciones y procesos. Si el proceso es defectuoso, la automatización solo acelerará el desastre.
Mi lectura es distinta a la de muchos optimistas del sector: no habrá un salto masivo de productividad en los próximos 24 meses. Al contrario, es probable que veamos una ola de fallos operativos críticos cuando las empresas descubran que sus agentes de IA tomaron decisiones desastrosas basadas en datos erróneos o procesos obsoletos. Algunas corporaciones, en su afán por modernizarse a toda costa, terminarán destruyendo su propia integridad operativa interna.
La ventaja competitiva ya no reside en quién tiene el modelo más avanzado, sino en quién posee la operación más limpia y el dato mejor ordenado. Esto es doloroso, ya que requiere detener la maquinaria, auditar sistemas de hace quince años y admitir que mucho de lo instalado es, en realidad, un ancla. Es una labor política difícil; nadie quiere ser el ejecutivo que le explique a la junta directiva que sus inversiones tecnológicas de la última década deben descartarse.
El mercado pronto empezará a castigar a aquellas empresas que anuncien grandes inversiones en IA sin haber saneado primero sus finanzas operativas. Para finales de 2025, mi expectativa es que las corporaciones que simplificaron su arquitectura tecnológica antes de escalar superarán en un 15% en rentabilidad a aquellas que simplemente compraron software para tapar sus problemas estructurales. La lección para los líderes será brutal: primero saneen el desorden, después, y solo después, enciendan la máquina.