SoftBank ha puesto sobre la mesa una apuesta histórica: invertir hasta 87.000 millones de dólares en Francia para expandir masivamente su capacidad de centros de datos. La cifra, que roza los 75.000 millones de euros, marca la incursión más agresiva del gigante japonés en la infraestructura europea dedicada a la inteligencia artificial. No estamos hablando de un proyecto menor, sino de una ambición que busca alcanzar los 5 gigavatios de capacidad energética, un volumen equivalente a la producción de cinco reactores nucleares de gran escala.
La escala importa, pero la ubicación es estratégica
La primera fase de este despliegue se concentrará en el norte de Francia, específicamente en Dunkerque, Bosquel y Bouchain. La elección de la región de Hauts-de-France no es casual; estas zonas ofrecen una combinación de terreno disponible y acceso a redes eléctricas robustas, elementos críticos para alimentar los miles de procesadores que sostienen los modelos de lenguaje actuales. SoftBank se ha propuesto entregar 3,1 gigavatios de capacidad para 2031 en estas localidades. Para un inversionista, esto representa una señal clara: la infraestructura física detrás de la IA ha dejado de ser un tema de servidores y se ha convertido en una carrera de suministro eléctrico a escala industrial.
Lo interesante acá es que SoftBank, que actúa simultáneamente como inversionista estratégico y cliente de OpenAI, está blindando su propio ecosistema. Al controlar su propia infraestructura, la firma liderada por Masayoshi Son reduce su dependencia de los proveedores de nube tradicionales y asegura un suministro estable para el desarrollo de futuras soluciones tecnológicas. Es un movimiento de integración vertical: si posees el hierro, no sufres por la escasez de capacidad cuando el mercado se recalienta.
El dilema de la infraestructura energética
Mientras Francia recibe la inversión con los brazos abiertos —el ministro de economía francés, Roland Lescure, lo calificó como un respaldo directo a la ambición de convertir al país en un nodo central de la cadena de valor de la IA—, el panorama en otros mercados es distinto. En Estados Unidos, la construcción de centros de datos enfrenta una resistencia creciente. Los reguladores y comunidades locales están cuestionando seriamente el impacto ambiental y, sobre todo, el estrés que estas instalaciones imponen sobre las redes eléctricas domésticas, lo cual tiende a elevar los precios de la energía para los ciudadanos.
SoftBank parece haber aprendido la lección de sus conflictos en Norteamérica. En lugar de limitarse a alquilar energía de la red, la empresa ya ha demostrado en sus proyectos de Ohio que prefiere el control total, llegando a financiar su propia planta de gas natural de 9,2 gigavatios para sostener sus operaciones. La pregunta de fondo es si Francia podrá sostener este nivel de consumo sin generar fricciones sociales similares a las observadas del otro lado del Atlántico.
Mi lectura es distinta a la de aquellos que ven esto solo como un ejercicio de gasto de capital: SoftBank no está comprando servidores, está comprando soberanía tecnológica. En un mercado global donde el cuello de botella para la IA ya no es el software ni el talento, sino el acceso a energía barata y constante, quien controla el suministro eléctrico controla el futuro de la industria. El sector debe observar con lupa cómo el gobierno francés gestiona la presión sobre su red nacional frente a este voraz consumidor, pues este modelo de asociación entre capital extranjero e infraestructura energética local marcará el tono de las inversiones tecnológicas de la próxima década.