Aaron Levie, fundador de Box, ha puesto nombre a una patología que recorre hoy los pasillos de las corporaciones: la "psicosis de IA". Según Levie, estamos viendo un fenómeno donde los máximos ejecutivos, alejados de la operatividad diaria, están convencidos de que la inteligencia artificial puede reemplazar funciones que ellos mismos no terminan de comprender. No es solo retórica; es una estrategia que ya está alterando balances y plantillas a una velocidad vertiginosa.
La cruda realidad es que el mercado laboral tecnológico está sufriendo. Los despidos en el sector durante 2026 ya igualan prácticamente a todo el año anterior. El caso de ClickUp (plataforma SaaS de gestión de proyectos) es emblemático: la compañía despidió al 22% de su fuerza laboral bajo la premisa de sustituirlos por "agentes de IA". Es una apuesta arriesgada que busca eficiencia inmediata a costa de una incertidumbre operativa profunda. Cuando una empresa recorta personal masivamente, suele buscar mejorar sus márgenes de beneficio, pero al hacerlo bajo la bandera de la IA, el riesgo de destruir conocimiento institucional es masivo.
Cuando la eficiencia choca con la realidad del usuario
Lo interesante es que esta "psicosis" no se limita a los despachos de los directores generales. La resistencia ha comenzado en la base de la pirámide: el usuario final. Mientras Google intenta imponer la IA en su motor de búsqueda para mantenerse relevante, el crecimiento de DuckDuckGo demuestra que el mercado no siempre quiere una "solución inteligente". A veces, el usuario simplemente quiere resultados precisos sin que una máquina intente adivinar su intención o generar contenido innecesario. Esta es una señal de alerta para cualquier directivo que crea que la IA es una panacea universal.
Mi lectura es distinta: no estamos ante una adopción técnica, sino ante un problema de gobernanza. Muchos líderes están tomando decisiones de contratación y reemplazo basadas en el miedo a quedarse atrás —el famoso FOMO tecnológico— en lugar de en un análisis de valor real. Estamos viendo una divergencia donde los entusiastas de la IA y los escépticos tienen razón al mismo tiempo: la tecnología es capaz de automatizar tareas asombrosas, pero las organizaciones carecen de la madurez necesaria para integrarlas sin comprometer su esencia.
Capital y estrategia más allá de la IA
A pesar del ruido sobre la automatización, el capital sigue fluyendo hacia infraestructuras de escala. Tres movimientos recientes ilustran esto mejor que cualquier debate sobre agentes virtuales. Primero, Stord (empresa enfocada en servicios logísticos y almacenamiento) captó USD 250 millones para desafiar directamente a la red logística de Amazon. Esto demuestra que, incluso en un mercado centrado en software, la infraestructura física sigue siendo el activo más defendible.
En paralelo, el acuerdo de USD 6.000 millones entre Snowflake (plataforma de almacenamiento y analítica de datos en la nube) y Amazon Web Services (AWS) confirma una tendencia clave: la consolidación de los servicios en la nube. Las grandes empresas necesitan músculo financiero para soportar la carga computacional que exige la era de los datos. Por último, OpenRouter (un marketplace que permite acceder a múltiples modelos de IA a través de una única interfaz) levantó USD 113 millones en su Serie B. Esto nos indica que el mercado está apostando por la interoperabilidad, es decir, por la capacidad de usar diferentes tecnologías sin quedar atrapado en el jardín vallado de un solo proveedor.
El detalle que importa es que mientras algunos CEOs se distraen recortando plantillas basándose en promesas algorítmicas, otros están construyendo la infraestructura necesaria para que esas mismas promesas tengan una base comercial sólida. Lo que debemos vigilar no es quién despide más personas por culpa de la IA, sino quién está construyendo una arquitectura que permita a sus equipos humanos hacer más con menos. Ese es el único indicador que sobrevivirá al ciclo actual de euforia.