El mercado del oro sufrió el viernes su sacudida más violenta en más de cuatro décadas. Con una caída diaria del 9,5% en el precio al contado, el metal precioso cerró a USD 4.883,62 la onza, un desplome que no se veía desde 1983. Este movimiento no es un evento aislado; es la corrección lógica de una euforia que llevó al oro a tocar un máximo histórico de USD 5.594,82 a principios de mes.
La velocidad de la caída sorprendió incluso a los operadores más experimentados. Tras un mes de compras frenéticas impulsadas por la incertidumbre geopolítica, el activo se convirtió en una apuesta sobrepoblada. Cuando los mercados se mueven de forma parabólica —subidas verticales sin pausa—, cualquier chispa puede activar una venta masiva. El nombramiento de Kevin Warsh para liderar la Reserva Federal (Fed) actuó como ese detonante.
El efecto Warsh y el fin de la luna de miel
La designación de Warsh al frente de la Fed cambió las expectativas de los inversores de la noche a la mañana. El mercado percibe a Warsh como una figura capaz de reforzar la independencia política del banco central estadounidense, lo que tiende a fortalecer al dólar. Como el oro se cotiza globalmente en dólares, un billete verde más fuerte encarece el metal para quienes poseen otras monedas, desincentivando la demanda.
A esto se sumó la toma de ganancias: el acto de vender activos para asegurar beneficios tras una subida rápida. Después de cerrar enero con una ganancia acumulada cercana al 13%, muchos inversores decidieron retirar sus fichas de la mesa. El ajuste también fue impulsado por cambios en los rendimientos reales, que son las tasas de interés de los bonos ajustadas por la inflación. Cuando estos rendimientos suben, el oro pierde atractivo porque, a diferencia de los bonos, el metal no paga intereses.
No perdamos de vista que la narrativa de fondo sigue siendo el costo del dinero. Aunque la Fed mantuvo las tasas estables esta semana, el mercado ya ajustó sus expectativas hacia un recorte recién en junio. Esta demora en la flexibilización monetaria quita presión a los precios de los metales, obligando a los analistas a recalibrar sus proyecciones.
El contagio llega a las mineras
La debilidad del metal físico golpeó con fuerza a las acciones del sector. El fondo cotizado en bolsa (ETF) SPDR Gold Trust, que replica el precio del oro, registró su peor sesión desde 2004 con una caída del 9,8%. Las grandes productoras no fueron la excepción: Newmont se desplomó un 11,5% y Barrick Gold, la minera canadiense líder en producción de oro y cobre, cerró con un retroceso del 11,33%.
Para los inversores en mineras, el ruido de corto plazo sobre el precio del oro es solo una parte de la ecuación. El próximo 5 de febrero, Barrick publicará sus resultados correspondientes al cuarto trimestre y al cierre del año 2025. Ese evento será fundamental para entender si los márgenes operativos de la compañía logran mantenerse sólidos pese a la volatilidad del precio de venta de su producto estrella.
Mi lectura es que el mercado está en un momento de purga técnica. La alta volatilidad de enero fue impulsada por el miedo, pero la corrección actual busca estabilizar los precios en niveles más fundamentados. Lo que debemos vigilar no es solo la Fed, sino el informe de empleo en EE. UU. que se publicará el 6 de febrero. Ese dato será la brújula definitiva para las tasas de interés y, por consiguiente, para el futuro cercano de los metales preciosos.
El oro no ha perdido su papel como activo de refugio ante riesgos económicos, pero la etapa de euforia ciega parece haber concluido. Quien espere que el metal retome su tendencia alcista de forma ininterrumpida probablemente se lleve una sorpresa desagradable. El mercado ha dejado claro que incluso en los activos más codiciados, la gravedad siempre termina por imponerse.