El año 2025 cerró con una estampa inusual en los mercados de metales preciosos. El oro no solo rompió récords históricos, sino que pulverizó cualquier expectativa al superar los USD 4.500 por onza a finales de diciembre. Si bien las subidas de precio suelen ser episódicas, lo que vivimos este año ha sido una estampida sostenida con un retorno anual superior al 70%, el mejor desempeño registrado desde 1979.
No se trata simplemente de una huida hacia activos seguros en momentos de pánico. La dinámica ha cambiado: estamos ante una reasignación estratégica de carteras globales. Los inversionistas institucionales han vuelto a los fondos cotizados en bolsa (ETF, instrumentos financieros que permiten invertir en oro sin poseer el metal físico) tras años de abandono, inyectando miles de millones de dólares en el sector.
Más que una moda, un cambio estructural
¿Qué está impulsando este apetito inusual? La respuesta reside en una convergencia de factores que algunos analistas denominan el "comercio de degradación" (la pérdida de valor real de las monedas fiduciarias debido a la deuda gubernamental). La combinación de tasas de interés a la baja, que reducen el costo de oportunidad de mantener un activo que no paga intereses, junto con una creciente desconfianza hacia la supremacía del dólar, ha convertido al oro en un ancla de estabilidad.
Los bancos centrales han sido protagonistas silenciosos pero constantes. Han mantenido compras netas durante 15 años consecutivos. Según encuestas recientes del World Gold Council (entidad que agrupa a los principales productores mineros mundiales), el 95% de los bancos centrales espera que sus reservas de oro aumenten en los próximos doce meses. Esta no es una compra táctica de un trimestre; es una declaración de intenciones sobre cómo proteger las reservas nacionales frente a la volatilidad geopolítica.
Lo interesante acá es el papel de la innovación financiera. Investigaciones de la Universidad de Duke sugieren que la introducción de los ETF hace dos décadas cambió para siempre el precio del oro. Al facilitar el acceso y la tenencia del metal sin los costos logísticos de almacenamiento, el oro dejó de ser un activo de nicho para convertirse en un componente líquido y masivo de cualquier portafolio moderno.
La plata y el efecto contagio
El optimismo no se quedó en el oro. La plata, por su parte, alcanzó hitos cercanos a los USD 77 por onza, mostrando una correlación alcista que arrastró a otros metales industriales. Este fenómeno subraya que el mercado no está mirando únicamente la cobertura macroeconómica, sino también los usos industriales de metales como la plata o el platino. Estamos presenciando una revalorización completa del complejo de metales preciosos.
Mi lectura es distinta a la de aquellos que ven solo una burbuja: el mercado ha internalizado que, en un mundo de deuda creciente y políticas monetarias inciertas, la escasez física tiene un valor intrínseco que la tecnología financiera solo ha terminado de catalizar.
¿Qué esperar en 2026?
Las proyecciones para el próximo año son ambiciosas. Grandes instituciones como Goldman Sachs apuntan a niveles de USD 4.900 para finales de 2026, mientras que otros estrategas no descartan la barrera de los USD 5.000 durante la primera mitad del ejercicio. Sin embargo, hay una advertencia necesaria: el oro rara vez se desplaza en línea recta.
Lo que debemos vigilar no es solo el precio, sino el flujo de los ETF y las políticas de la Reserva Federal (Fed, el banco central de Estados Unidos). Si el ritmo de recortes en las tasas de interés se estanca, el mercado podría enfrentar correcciones severas. La tesis de inversión para el futuro próximo depende de si los inversores siguen viendo al metal como un refugio obligatorio ante un sistema financiero global que, hoy más que nunca, parece estar bajo presión. La historia nos enseña que cuando los activos alcanzan máximos históricos, los retornos posteriores suelen moderarse; vigile de cerca la liquidez, porque en un mercado eufórico, la salida suele ser más estrecha que la entrada.