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Burbuja de la IA: inversores divididos y una factura que podría caer en pequeños ahorradores

Emilio Pfeffer Berger·
Burbuja de la IA: inversores divididos y una factura que podría caer en pequeños ahorradores

Cisco llegó a valer más de USD 500.000 millones en marzo de 2000. Durante unos días fue la empresa más valiosa del mundo. Dos años después, su acción había perdido más de 80 % de su precio. La compañía seguía vendiendo routers y switches, los equipos que mueven el tráfico de internet. Lo que se derrumbó fue lo que el mercado estaba dispuesto a pagar por el futuro.

Hoy los protagonistas son otros. Nvidia superó los USD 4 billones de capitalización bursátil en 2025 y fabrica cerca del 80 % de los chips que entrenan modelos de inteligencia artificial (IA). Microsoft, Alphabet, Amazon y Meta planean gastar en conjunto más de USD 300.000 millones en centros de datos durante 2025. Es un gasto enorme. Casi todo se justifica con una promesa.

Cada vez que aparece un informe sobre inversores que discrepan sobre la IA, el comentario dominante es el mismo: un mercado maduro tiene opiniones distintas. Aquí discrepo. Cuando el dinero paciente se aleja y el dinero rápido ocupa su lugar, la diversidad de opiniones se vuelve una señal de alerta.

Quién se va y quién llega

El dinero paciente tiene nombres conocidos: fondos soberanos, fondos de pensiones de largo plazo, aseguradoras y family offices (oficinas que administran el patrimonio de una familia). Su horizonte se mide en décadas. Compra cuando las valoraciones son razonables y reduce posiciones cuando el precio supera lo que el negocio puede generar. Rara vez anuncia esos movimientos con bombos.

El dinero rápido funciona distinto. Incluye fondos de momento, estrategias de corto plazo, vehículos apalancados (que multiplican ganancias y pérdidas con deuda) y una cantidad creciente de pequeños inversores que compran lo que sube. Su horizonte son semanas o meses. Su pregunta no es si la IA creará valor en 2035. Su pregunta es si el precio subirá el próximo trimestre.

La composición del índice muestra el problema con claridad. El S&P 500 agrupa a las 500 mayores empresas cotizadas de Estados Unidos, y sus diez primeras concentran cerca del 40 % del peso total. Una parte enorme de los ahorros indexados en fondos pasivos depende de un puñado de compañías ligadas a la misma tesis. Quien compra un fondo indexado cree que diversifica. En la práctica, compra mucha IA sin haberlo decidido.

Aquí está el problema de fondo. La infraestructura se paga hoy y se recupera mañana, si es que se recupera. Un análisis de 2025 sobre pilotos de IA generativa en empresas encontró que cerca del 95 % no generaba retornos medibles en el estado de resultados. Los proyectos existen. El dinero que producen todavía no alcanza para justificar el gasto.

Algunas grandes tecnológicas han respondido alargando la vida contable de sus servidores. Reparten el costo de los chips en más años, de modo que la depreciación (el gasto que refleja el desgaste de un activo) luzca menor cada trimestre. Es una práctica legal. También mejora la utilidad reportada sin mejorar el negocio. Cuando el ciclo se detenga, esa brecha entre contabilidad y realidad se hará visible.

Quién paga si se corrige

La pregunta que casi nadie hace en América Latina es simple: ¿quién tiene exposición a esta historia y cuánto entiende de ella?

Tomemos los fondos de pensiones. Los fondos chilenos administran cerca de USD 200.000 millones. Las Afores mexicanas (administradoras de fondos para el retiro) y las entidades previsionales brasileñas también invierten en mercados internacionales. Parte de ese capital llega a los mismos nombres que dominan el índice estadounidense. El afiliado no elige esa cartera. Tampoco lee el informe trimestral donde se explica qué compró. Cuando lleguen las pérdidas, aparecerán en el saldo de su cuenta, no en una reunión de comité.

Luego están las empresas medianas. En México, Colombia o Perú, muchas compañías de software y servicios han incorporado funciones de IA y las cobran como mejora premium. Algunas firmaron contratos anuales con proveedores extranjeros, en dólares y sin cobertura cambiaria. Si el proveedor sube precios o cambia de modelo, el margen local se evapora. Si la demanda se enfría, el cliente deja de pagar el complemento antes de que el proveedor lo note.

Y están los ahorradores. La Bolsa de São Paulo (B3) reporta cerca de 5 millones de personas físicas inscritas, cifra que creció con fuerza gracias a aplicaciones de bajo costo. Muchas llegaron en un ciclo alcista. No han vivido una caída prolongada. Creen que el riesgo es una línea en un gráfico que siempre vuelve a subir. Ese es el perfil más expuesto cuando el dinero especulativo se retira en bloque.

Quienes ven en esta fragmentación una prueba de sofisticación se equivocan. La sofisticación consiste en entender qué se compra, a qué precio y con qué horizonte. Lo que vemos es otra cosa: inversores con horizontes opuestos comprando el mismo activo por razones distintas. Esa mezcla funciona mientras sube el precio. Cuando baja, el capital paciente ya no sostiene el mercado.

Hay un detalle que suele pasar desapercibido. En las correcciones salen primero quienes compraron por impulso. Pero los últimos en perder suelen ser quienes llegaron tarde y compraron cerca del máximo. Ese grupo incluye a la mayoría de los pequeños inversores, a fondos que entran por reglas de asignación y a empresas que contrataron tecnología a precios fijados en el pico del ciclo.

No es un argumento contra la IA. Es un argumento contra la forma en que se financia. Una tecnología puede cambiar el mundo y, aun así, dejar pérdidas enormes a quien pagó el precio equivocado. El Nasdaq perdió cerca de 78 % entre marzo de 2000 y octubre de 2002, y el mundo siguió usando internet. Quienes compraron en el máximo tardaron años en recuperar lo invertido, si lo lograron.

Mi predicción es concreta. Antes de que termine 2027, al menos uno de los cuatro grandes proveedores de nube reducirá su gasto de capital (capex, la inversión anual en activos físicos como servidores y centros de datos) en términos nominales frente al año anterior. Si ocurre, el ciclo habrá cambiado de fase y los proveedores de chips caerán con fuerza. Si el gasto sigue creciendo sin ingresos que lo respalden, tendré que revisar mi tesis. Aun así, la pregunta de fondo no cambia: quién se queda con las pérdidas cuando el entusiasmo se enfríe.

Para el lector de la región, la respuesta práctica es incómoda. Revisa qué contiene tu fondo indexado. Pregunta a tu administradora cuánto de la cartera está concentrado en un mismo tema. Si diriges una empresa mediana, pide a tu proveedor de IA contratos en moneda local o cláusulas de salida. Y si eres ahorrador nuevo, recuerda que el mercado no prometió que el precio de hoy será el de mañana. Los que pagan el precio del entusiasmo casi nunca son quienes lo crearon.

Cotizaciones mencionadas

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