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Dependencia tecnológica: el 90% de chips regionales en riesgo ante la guerra China-EE. UU.

Emilio Pfeffer Berger·
Dependencia tecnológica: el 90% de chips regionales en riesgo ante la guerra China-EE. UU.

América Latina enfrenta una encrucijada estratégica que pocos gobiernos parecen comprender a cabalidad. Actualmente, el 95% de los semiconductores avanzados que sostienen nuestra infraestructura crítica —desde los centros de datos hasta los dispositivos inteligentes que monitorean el campo— provienen de fuera de la región. Mientras Estados Unidos y China destinan billones de dólares en subsidios para blindar sus propias cadenas de suministro, los líderes latinoamericanos siguen obsesionados con atraer plantas de ensamblaje, una estrategia de bajo valor agregado que nos condena a la irrelevancia tecnológica.

Perseguir la manufactura básica de hardware es una carrera hacia el fondo. Los márgenes de utilidad en el ensamblaje son estrechos y el costo de capital en países como Brasil o México penaliza severamente las inversiones intensivas en activos físicos. La soberanía digital en el siglo XXI no se consigue construyendo costosas fábricas de obleas de silicio, sino dominando el diseño lógico de los procesadores que ejecutan nuestras tareas más críticas. Debemos cambiar el enfoque: la oportunidad no reside en el chip de propósito general, sino en el circuito integrado específico para aplicaciones (ASIC, por sus siglas en inglés), componentes diseñados a medida para sectores donde tenemos ventajas comparativas, como la agroindustria y la energía.

Lo que pocos están viendo es que la arquitectura de conjuntos de instrucciones de código abierto, conocida como RISC-V (un modelo de diseño de procesador gratuito que permite personalizar el hardware sin pagar licencias), es nuestra mejor salida. Esta tecnología permite que una pequeña startup en Medellín, Guadalajara o la Pampa argentina cree un controlador específico para gestionar el riego de precisión o automatizar la minería sin depender de los permisos de gigantes estadounidenses o chinos. El diseño de silicio especializado es una actividad intensiva en talento, no en acero. Con decenas de miles de ingenieros graduándose cada año en la región, tenemos la materia prima intelectual para dejar de ser meros operadores de plataformas ajenas y convertirnos en creadores de nuestra propia lógica de infraestructura.

La especialización como antídoto a la irrelevancia

El mercado global de semiconductores para internet de las cosas (IoT, la red de objetos cotidianos conectados a internet) crecerá a una tasa de interés compuesto anual (CAGR) del 12,4% hasta 2028. Actualmente, cada byte de datos producido en nuestras tierras pasa por hardware cuyas puertas traseras y protocolos de seguridad han sido definidos a miles de kilómetros. Si la región se enfoca en diseñar chips especializados, el costo de entrada se reduce drásticamente. El uso de herramientas de diseño electrónico (EDA, programas de software para crear circuitos complejos) basadas en la nube permite que equipos pequeños desarrollen prototipos sin necesidad de laboratorios multimillonarios.

Mi lectura es distinta a la de los funcionarios públicos que siguen persiguiendo la instalación de mega-fábricas. Esos proyectos suelen generar empleos poco calificados y exigen incentivos fiscales perpetuos. Apostar por centros de diseño de silicio en polos tecnológicos como Bogotá, Florianópolis o Santiago fomenta una industria de alta complejidad técnica que blinda a nuestras economías frente a posibles embargos tecnológicos. Esto es seguridad nacional, no solo una aspiración económica.

La inercia actual nos encamina a pagar una "renta de soberanía" cada vez más alta en forma de licencias, vulnerabilidades no parcheadas y dependencia logística total. La ventana de oportunidad es estrecha. Los estándares para chips de baja potencia se consolidarán en los próximos 36 meses. Si para 2027 nuestras principales economías no han impulsado consorcios público-privados enfocados exclusivamente en el diseño de silicio bajo el estándar RISC-V para IoT agrícola, la brecha de productividad será imposible de cerrar. De no actuar, nuestra industria primaria se convertirá en un simple apéndice digital, subordinado a los algoritmos y sensores de potencias extranjeras que ya no podremos auditar ni controlar.

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